El dia D, Normandía y mi abuelo

Esta semana he pensado mucho en mi abuelo. Mi abuelo luchó en la guerra civil y salió traumatizado de ella. Como muchos en las guerras. Como muchos en las terribles guerras del siglo XXI.

Y es que esta semana tropecé por casualidad con una serie de HBO, con casi 20 años a sus espaldas.

Band of brothers, traducida como «Hermanos de sangre«, una serie de 10 episodios en la que sigue el avance de un batallón de paracaidistas, la compañía Easy, durante dos años de guerra, desde el desembarco a Normandía, 6 de junio de 1944, hasta su paso por Holanda, Alemania, Austria y fin de la contienda.

Narrada desde el realismo absoluto, a veces incomodo (y a pesar de ser producida por Tom Hanks y Steven Spielberg, mucho menos patriótica que Salvar el soldado Ryan, aunque no por ello deja de ser excesivamente buenista con el bando aliado) y mostrando lo peor de la guerra, sus tripas, las trincheras y la letalidad de las armas por encima de todo.

Me ha tenido enganchada durante una semana entera en el sofá, todas las noches, a dos capítulos por día. Aunque reconozco que el interés de los episodios es irregular. Algunos, sobretodo hasta poco más de la mitad, me han dejado perpleja, muda (el mejor, el sexto, el del sanitario en Bastogne, brutal episodio… «!Sanitario! ¡Sanitario!»), los últimos, lástima, me han dejado algo vacía y con cierta sensación a superficialidad, sobretodo en los últimos dos episodios (aunque no deja de golpearte en el estómago el descubrimiento de los campos de concentración y las 11 millones de víctimas).

Por último, recordar que de dicha serie salieron una cantera importante de actores de la última década: Michael Fassbender, Tom Hardy, James McAvoy, Andrew Scott, Colin Hanks, Simon Pegg, Dominic Cooper, Jimmy Fallon, Damian Lewis, Ron Livingston, Michael Cudlitz, y un largo etc. que se juntó en una serie coral sin protagonistas definidos y muchos de ellos con mínimas apariciones. Es lo que tiene formar parte de una gran panda de hermanos de sangre.

PD1: El dia D fue el 6 de junio del 44. Casualmente, el 6 de junio es también mi cumpleaños. Cada año me acuerdo de ambas efemérides.

PD2: Hace unos años, a raíz de una historia que me contó mi madre en el aniversario de la muerte de mi abuelo, escribí un breve relato que no ha dejado de darme vueltas en la cabeza mientras veía la serie:

Estaba allí acurrucado en la trinchera. Sin hablar. Con la cabeza entre las piernas. Se balanceaba suavemente, en un largo sollozo silencioso. Estaba en choque. Había sido un accidente: la escasez de armas en el bando republicano en aquel último año de guerra había propiciado que su fusil, una reliquia soviética de la Revolución Rusa, explotara y parte del metal alcanzara la cabeza del compañero de al lado. Murió al instante.

Francisco estuvo sin moverse dos días enteros en aquel agujero del frente de Aragón. Pálido. Inmóvil. Incluso se meó encima. Sus compañeros se lo miraban de lejos. Sólo se acercaban a darle agua y la ración diaria de comida. No le hacían ni una broma. Su superior hacía ver que no lo veía. Era demasiado joven para meterse con él. Sólo tenía diecisiete años.

Francisco recordaría años después como la guerra había marcado su vida. Siete años de mi vida perdidos, decía: dos de guerra, dos en el campo de concentración y tres de la mili con Franco. Y toda una vida insufrible con aquel recuerdo.

Cuando volvió, había perdido casi veinte quilos. Y pasó del regordete niño de barrio al joven apuesto que se parecía a Paul Newman.

Se casó con la hija de una modista, que escondía a tránsfugas en plena postguerra,  y de un barbero de barrio. Él se hizo electricista y fue un dulce padre de dos niñas preciosas. Preciosas y listas.

Su hija le preguntaba, quería saber cosas de la guerra. Y él siempre callaba. La niña seguía insistiendo y él soltaba algunas historias, más o menos edulcoradas de aquel calvario. Menos la historia de aquella trinchera de la que mi madre no supo hasta el final de su vida.

Así fue como, ya enfermo terminal de cáncer maldecía su enfermedad y la guerra. Y es que la enfermedad,  fruto del dolor de aquella experiencia, le recordó su incapacidad para convivir con aquel recuerdo.

Acerca de Lux Lisbon

Desde pequeña fui una hormiguita del coleccionar Fotogramas y películas. Recortar y clasificar por actores, actrices, directores...y grabar películas. Llegué a superar las 600 cintas de VHS con lo que, grabando dos películas por cinta sin cortes publicitarios, debí contar con un patrimonio de unos 1200 films, que ahora van llenándose de polvo en un rincón. Pero que cifra más alta me pareció esa! Y cuánto cine miré y remiré. Luego, con la edad, por fin salí de mi cascarón de cintas, archivadores y maratones cinéfilas a través de las que soñaba y viajaba a otras partes del mundo. Pero por fin, llegaba el momento de ver mundo, el mundo de verdad. Qué gozo y placer fue ver de primera mano aquello que me parecía tan conocido, tan familiar. Y te das cuenta que cuando creces, la vida da vueltas y tu en ella empiezas a vivir lo que antes sólo habías soñado, imaginado y vivido en la gran pantalla o en una pequeña tele de tubo. Empiezas a cruzar charcos, probar continentes, conocer los días y las noches de las grandes capitales, de las míticas rutas, de la Historia del mundo. Y sigues viendo cine, y sigues soñando con él. Y sigues viajando. Y siempre quieres más y más y más....Pero, por suerte, esto sólo acaba de empezar. Esto es sólo el principio de mi viaje......
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